Psicóloga Julia Gómez

SIN LUCES

PEQUEÑO RELATO SOBRE EL DÍA DEL APAGÓN

Atendía a la última persona del día.

Es un hombre pakistaní, de más de 60 y que lleva unos cuantos años sin trabajar. Se apagó el ordenador justo cuando se me acababan las ideas de cómo ayudarle. Así que el apagón, en un principio, pareció liberador. Bajo las escaleras para salir a la calle con una compañera y ver que pasa. Entre risas le digo, “te acuerdas cuando hacíamos chistes de aquel virus chino? Pues a ver si esto no va a ser algo peor”.

En la calle nadie sabe nada. Una señora me dice que “mejor si no van los móviles, así descansáis, que estáis todo el día dale que te pego”. Dos parroquianos del bar del mercado lanzan hipótesis que van desde la tormenta solar hasta el ciberataque ruso-chino, pasando por no sé qué ondas electromagnéticas que no sé qué… Uno de ellos lleva a un perro que me mira y llora, no sé si porque puede percibir la tragedia o porque su dueño, que no para de mirar el móvil, le ahoga un poco con la correa.

Un hombre pasa a mi lado acelerado, me mira en plan apocalíptico y me dice “esto está pasando en TOA ESPAÑA”. No parece una fuente oficial fiable pero yo empiezo a cagarme. Conseguimos sacar al señor que se había quedado atrapado en el ascensor. Llora como un niño cuando sale, yo intento consolarle, pero me dan ganas de llorar también. A alguien se le ha ocurrido escuchar la radio…está pasando en todo el sur de Europa, y Marruecos, y puede que EEUU y… Yo me voy a mi casa.

En la huída de Badalona nos paran unos habituales de los parques que están con sus pájaros al sol: “¡eh vosotras! ¡Vosotras que entendéis de esto!”. Yo pienso, ¿de esto, de qué? ¿Del Apocalipsis?. “¿Qué es lo que está pasando?”. Mi compañera les dice que no se sabe, que no deberíamos alarmarnos. Él le dice que está preparado para alarmarse. Mi compañera les habla sobre posibles ataques y sobre geopolítica. Tenemos un corro de 15 personas que nos miran como si fuéramos el oráculo. Finalmente nos indican donde coger un autobús a Barcelona, así en general, como si Barcelona tuviera dos calles.

En el autobús se respira miedo y sudor, aunque esto segundo es más normal. Las paradas empiezan a llenarse y los empujones por conseguir un hueco añaden más presión, si cabe, a la situación. Las calles están llenas de gente andando. Gente que anda sin mirar un móvil. Es extraño. Todo el mundo habla de lo mismo y los conspiranoicos sacan pecho orgullosos mientras vociferan “te lo dije, te lo dije…”.

Consigo reunirme con mi pequeña familia, respiro más tranquila. Buscamos en un bazar a oscuras una linterna y, por supuesto, el objeto que nunca nadie pensó que volvería a estar de moda: una radio. No hay nada. Solo cirios rojos de los que se ponen a los muertos y que tan mal rollo me dan. La cena de esta noche promete de todo menos romanticismo. Pero no nos dio tiempo a encender esas velas que tan caras nos habían costado. Volvió la luz antes de que el sol se escondiera y nos mostrara las tinieblas de la ciudad. 

Y volvió internet también. Y, como casi todo últimamente, se nos olvidaron bien rápido todos esos pensamientos apocalípticos que habían invadido nuestra mente minutos antes Y QUE NOS HABÍAN HECHO REPLANTEARNOS NUESTRA VIDA ENTERA. Salimos de ésta con más velas, más linternas y más radios, pero seguramente no con más luces. Preveo días de reflexiones absurdas, héroes y heroínas, y mucho hablar de lo enganchados que estamos, pero desde Instagram…

What a time to be alive.

Scroll al inicio