EL SUICIDIO
Pocas cosas desconciertan más al ser humano que el hecho de que alguien no quiera estar más aquí. Que alguien decida que no aguanta más el sufrimiento y se suicide.
Cuando nos enfrentamos a esta terrible circunstancia, todo son preguntas y, en muchos casos, reproches sobre lo que pudimos hacer y no hicimos, o cómo no pudimos verlo venir. También hay mucho enfado con el/la que se ha ido.
Hoy hablamos del suicidio, un problema que se oculta socialmente por lo incómodo de su naturaleza, pero al que necesitamos acercarnos con respeto, evidencia y una mirada humana.
Cifras: El número de suicidios en España no ha parado de crecer, especialmente, desde la pandemia. Las últimas cifras (2023) hablan de 4116 personas. Preocupan mucho los datos relacionados con jóvenes, que ya sitúan el suicidio como la primera causa de muerte no accidental en esta franja de edad.
¿Por qué aumenta?: No existe una única causa, pero se ha demostrado que el COVID-19 aumento los sentimientos de aislamiento, incertidumbre y angustia, y esto incrementó la ideación y las conductas autolesivas, sobre todo en jóvenes. Otros factores son: la precariedad laboral, la soledad, la falta de redes de apoyo, los problemas de salud mental o el acoso a través de redes sociales.
El enfoque psicológico: El suicidio no es un acto impulsivo aislado. Es el fruto de un proceso complejo en el que hay un sufrimiento emocional profundo, desesperanza y no se encuentran alternativas. Las personas que lo experimentan hablan de querer escapar de un dolor intenso que perciben como insoportable.
Factores de riesgo: Aunque no todas las personas con estos factores desarrollan conductas suicidas, los trastornos del estado de ánimo, los problemas de abuso de sustancias o experiencias de trauma, pueden aumentar las probabilidades. A nivel social, contextos de exclusión, acoso o ausencia de apoyo emocional, pueden agravar la situación.
Las señales: No siempre es fácil detectar señales que puedan ponernos en alerta, pero, en general, ser capaces de identificar el sufrimiento intenso en alguien puede ser un primer paso. También son señales clave los cambios marcados del estado de ánimo, el aislamiento social, el abandono de actividades o verbalizar “estar cansado de vivir”. Es importante identificar estas señales pero sobre todo no tratar de quitarles importancia.
Terapia: Animar a alguien a que acuda a terapia en estos casos puede ser fundamental. La intervención se basa en fortalecer las habilidades de afrontamiento de la persona y en la regulación emocional, a demás de ayudar a desarrollar redes de apoyo sólidas.
El estigma: Como siempre, hacer tabú un tema no ayuda, lo potencia. Hablar de manera responsable y no sensacionalista es fundamental para reducir el estigma. Escuchar, acompañar y animar a pedir ayuda. Saber gestionar nuestro miedo ante una situación que, a los de fuera, también puede resultarles aterradora.
Si el sufrimiento ajeno nos incomoda, imagina que difícil sostener que alguien a quien queremos nos diga que no quiere seguir.
Poder, simplemente, ofrecer presencia, apoyo real y comprensión es imprescindible y nuestra mejor manera de ayudar.
No minimicemos el dolor de otr@s, seamos refugio y, quien sabe, si tabla de salvación.